sábado, 22 de marzo de 2014

UNAS LINEAS PARA GASTON


Cuando lo veo a Gastón siento que la amistad es un viaje.

No sé bien por qué, pero él fue la primera persona en la que reparé cuando teníamos seis años y yo llegué a sumarme a primer grado en una escuela nueva en una ciudad nueva.

Recuerdo que sus ojos me parecieron muy muy grandes y tímidos, y ahora que lo pienso creo haber sentido que encerraban algo que me parecía una contradicción: siempre creí que es más fácil esconderse atrás de ojos chiquitos.

Para mí, Gastón encerraba ahí cierta tristeza.

Enseguida se transformó en mi mejor amigo. Venía a jugar a mi casa y era incondicional. Eso sí, siempre estaba callado. Ahora mismo no logro recordar frases que me haya dicho en aquella época, ni cuál era su voz en la niñez, o no tengo frescas algunas anécdotas que él me cuenta. Pero estaba a mi lado.

Están las fotos, en las que aparecemos juntos con guardapolvo, en festejos de cumpleaños, con caballos cerca o vestidos con ropa antigua en actos escolares.

Cuando teníamos 11 años yo me mudé otra vez y él se quedó en el pueblo, y nos perdimos. O no: yo le escribí una carta que él nunca me contestó. Hasta que volví, tres años después, y lo fui a buscar. Llegué a su casa y vi a un Gastón con pelos en el bigote y los mismos ojos grandes de siempre. Apenas me pudo decir hola y casi ni contestó algunas preguntas que le hice, invadido por la introversión. Así que me fui.

Hace un año visité Valle Hermoso otra vez. Habíamos tenido con Gastón algunas charlas por chat gracias a un reencuentro a través de Facebook. El se había ido a vivir a Córdoba capital hacía poco tiempo, pero fue hasta Valle para que cenáramos y yo viajé a verlo, a conocerlo, a charlar.

Hicimos una caminata nostálgica por las calles de tierra que no cambian y con las sierras de fondo. Pasamos por la escuela a la que habíamos ido, por su casa de la infancia, por la iglesia donde habíamos tomado la comunión y por el salón de fiestas donde habíamos festejado después. Todo estaba –todo está- igual.

Gastón, no. Gastón estaba ditinto. Sus ojos me parecieron menos grandes y lo vi tímido, pero más suelto. Hablamos de algunas heridas que compartimos con silencio en la niñez y de los sueños: de las cosas que queríamos hacer en nuestras vidas actuales. Fue un encuentro breve y hermosamente cálido.

Ahora, Gastón vino a Buenos Aires. Esta vez se movió él. Desde que le abrí la puerta de mi casa lo noté contento. En una semana nos pusimos al día con una naturalidad mágica: podemos no vernos durantes años, pero cuando nos encontramos circula una confianza que parece que no existiera la distancia.

En estos días que estuvo acá y lo vi, fui feliz por él. Porque Gastón ya no es retraído ni se lo ve triste ni está callado al lado mío. Gastón se mudó, cambió de trabajo, tiene otro look, reconstruyó su vida y ahora, además, viaja.

Ahora incluso tiene ojos tamaño normal. ¿O no?

2 comentarios:

Malena dijo...

Me encanta. Yo, que soy mucho más vieja que ustedes, también encontré amigos de antes. Encontré una amiga ¡de los 3 años!! (hasta la adolescencia) Ahora, que tengo casi 60, sigo siendo su amiga. Y es como conservar un poquito de la infancia dentro de uno Malena

Etienne dijo...

Ni en los mejores deseos que pueda tener, podré recuperar la confianza en la gente que me acompaño durante mi niñez. Duele eso...
Por eso, me alegro que la sintonía haya sido tan natural y tan entrañable!
Brindo por ustedes!