jueves, 5 de diciembre de 2013

AQUELLOS DIAS EN MADRID

Cuando con Tami nos pusimos a garabatear el viaje lo que hicimos fue anotar en una listita puntos del mapa que nos gustaría conocer. Eso fue una primera vez, en la esquina de casa, en Sanata bar y tomando un par de vinos. Otra vez nos reunimos en mi mansión de Almagro a mirar un mapa para confirmar. Y marcamos puntitos y fantaseamos con lo bueno que sería conocer Berlín, por ejemplo. “¡Berlín, boluda! ¿Vos sabes lo que debe ser Berlín? ¿Y Praga? La puta, lo que debe ser Praga. ¿Y por que no Roma y Venecia, eh? Ojota”.

Y después la convencimos a Lore para que se sumara (o Lore se convenció de sumarse), y volvimos a mirar el mapa de Europa las tres, y ahí estaban los puntitos otra vez y los aviones y los trenes imaginarios.

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Me acuerdo del día en que mi mamá se jubiló y fuimos con mi hermano a darle la sorpresa a la escuela. Esperamos escondidos en un aula en la que había un planisferio y nos pusimos a mirarlo, y Andre me dijo: “Pensá que vos vas a estar acá”. Entonces nos pusimos a tocar con el dedo índice unas siete ciudades europeas, incrédulos y entre risas.

Yo nunca pensé que iba a estar acá.

Y ahora ando por Madrid, el punto siete de aquel mapa que pintamos aquella vez. Ahora que estoy en Madrid puedo hablar de Barcelona, de Londres, de París, de Berlín, de Praga, de Venecia y de Roma, pero voy a escribir sobre Madrid, la Madrid cálida, la Madrid que nos acobijó cuatro días y nos hizo sentir en casa. No me refiero a mi mansión de Almagro.

Cuando digo casa intento explicar que en Madrid hay una atmósfera semejante a Buenos Aires. Está en sus calles. En sus edificios. En su gente. En su idioma. En sus comidas. Madrid es una ciudad acogedora. Madrid te hace sentir bien.

Acá paramos en la casa de Rocío e Ilias, la prima de Tincho y su marido (el marido de la prima, Tincho por ahora no se casó). Nos trataron como si fuéramos amigos de toda la vida y era la primera vez que los veíamos. Y nos ayudaron a conocer la ciudad.

Paramos muy cerca del Parque del Retiro, que es hermoso y que explica el concepto de parque que tienen los europeos: espacios verdes enormes, con fuentes, decoración en los árboles, flores y lagos, todo en uno.

Y recorrimos los barrios, la Latina, Chueca, que es el barrio gay, Lavapies (el barrio de nmigrantes), Malasaña. Y también el centro y los lugares típicos, la puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, el Paseo del Prado. Madrid tiene barrios que se parecen bastante entre sí en lo arquitectónico: los edificios pueden ser todos iguales, pero se distinguen por sus colores o el trabajo en el herraje de sus balcones.

En Madrid está, además, el mejor museo que yo haya visto en este viaje: el Museo del Prado. Yo no sé una goma de arte, pero calculo que una obra es buena si te conmueve. Y punto. Entonces, sólo tengo para decir que el Greco, Velázquez, Murillo y Goya son unos grossos, viejo. Y encima entramos gratis.

Madrid tiene una gastronomía que es excelente. Está el bar El Tigre, que para mí se merece un monumento. El que venga a Madrid y no vaya al Tigre sepa que entonces no visitó Madrid. Es como una taberna, un pasillo con barras en todos lados, para beber y comer de parado. Es el mejor lugar para ir de tapas, esa costumbre española que tenemos que exportar, por favor. En el Tigre vas, pagás 2,5 euros, te tomás una caña (cerveza) y te sirven un plato con panes con queso, jamones, hongos rellenos, un poco de paella.... El Tigre es mágico, es un lugar para ir a chupar y hablar a los gritos, y comer. Comer mucho.

Bueno, eso hicimos y no sólo en el Tigre. Una tarde en Lavapies, con Rocío e Ilias, hicimos una ruta de cañas y tapas, yendo de bar en bar comiendo y bebiendo. Así, pasaron platitos con cerdo con una salsa agridulce, pinchos caparesse y de pollo, otro con una carne tipo guisada.

Además, comimos jamones. Estoy en condiciones de afirmar que en España está el mejor jamón ibérico del mundo mundial. Cada día que estuvimos acá lo degustamos. Solo, acompañado con queso o acompañando a otros platos (por ejemplo, huevos rotos con jamón o habas con jamón y huevo).

Y oh novedad: ¡en Madrid comen las rabas en sánguches! Vale la pena acordarse en la barra de algún bar de Plaza Mayor para comer un bocadillo de calamares, como le llaman ellos.

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En Madrid, el viaje se termina. En unas horas volvemos a Barcelona para estar unos días y después volver a Buenos Aires, con un mapa que tiene puntitos tachados, como símbolo inequívoco de que ahí estuvimos las tres. Ahí, en cada una de esas marcas. Y pensar que yo me llevé a marzo geografía de Europa en el tercer año de la secundaria.

A veces me pregunto porqué viaja uno. ¿Para descubrir? ¿Para descansar? ¿Para distraerse? ¿Qué nos lleva a dejar nuestros lugares para transitar otros momentáneamente? Me llevo de este mes muchas sensaciones que me hacen feliz: nuevos lugares, nuevos sabores, nuevos olores, nuevas caras, palabras nuevas, nuevas historias, nuevos colores.

Y otras tantas cosas: nuevas preguntas, nuevas contradicciones, deseos nuevos. A mí viajar me da ganas de seguir viajando.

Hay muchas cuestiones que ni imaginé cuando con Tami nos pusimos a garabatear este viaje.

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