domingo, 9 de junio de 2013

MAMA TIENE FACEBOOK


Hay varias personas que van a comprender: resulta que un día tu madre decide abrirse una cuenta en Facebook y te manda, por supuesto, el pedido de amistad.

Desde el momento en que pusiste “confirmar” perdiste parte de tu vida privada: ahora tu mamá comenta tus fotos, pone “me gusta” a cada cosa que subís y hasta se hace amiga de tus amigos, para comentar sus fotos y poner “me gusta” a cada cosa que suben.

Con mi hermano llegamos a la conclusión de que nuestros padres no comprenden los códigos de esta red social. Nuestra madre (la Gorda Marta), por caso, comparte cada foto que le aparece en su muro. Entonces, nos enteramos de las actividades que lleva a cabo la Iglesia Inmaculada Concepción, vemos fotos de chicos con síndrome de down (y mensajes para no discriminarlos), imágenes de animalitos maltratados o perdidos (mamá sigue a “Yo Defiendo a los Animales”) y fotos de personas desaparecidas.

Mamá se cree que compartir todas estas cosas es una manera de militar.

Mamá comparte en su muro fotos nuestras, sin pedirnos permiso. “Aye, feliz, bailando candombe en San Telmo”, puede poner. Y uno ve la seguidilla de los comentarios de sus amigas, con frases del tipo: “Felicitaciones, Marta!!!”, “Diosa como la madre!” o “¡Qué linda está tu hija!”. Y (la Gorda) Marta, claro, responde cortito y al pie: “Gracias!”.

Mamá es una persona poco comunicativa, pero sin embargo elige esta red social para chatearte. Y expresa sentimientos que no expresaría personalmente.

A mi hermano le publica información en su muro sobre cosas que él le comentó personalmente. La otra vez, le pegó una oferta de Groupon de cortinas, para recordarle que debía comprarse unas. Y hace un tiempo, cuando le comenté que me gustaba un chico, me pidió que le pasara el nombre así ella lo veía por fotos.

Gracias a esta red social, mamá encontró a una mujer en Alemania que tiene su mismo apellido: y entonces le publica recetas de comidas o le pone fotos sobre el origen familiar, aunque no sabe a ciencia cierta si hay entre ellas algún vínculo sanguíneo.

Hay más: mamá sube canciones de Maná, se pone “me gusta” y las acompaña con dedicatorias: “Para que disfruten esta canción mis amigos de Face”.

Ay, mamá.

miércoles, 29 de mayo de 2013

LA GLANDULA DE LA BOLUDEZ


Resulta que a una chica le gusta un muchacho, pero no puede hablarle porque le gusta tanto que se bloquea. Y cuando se trata de otro que no le interesa -vaya facilidad- le sucede todo lo contrario. Resulta que esta historia está contada del lado femenino, pero después de una consulta popular puedo afirmar que en estas cuestiones no hay división de género.

El otro día tuve que hacerle una entrevista a Alejandro Balbis, el señor de la foto de este post, que, claro está, me parece bello. Cuando lo llamé para arreglar un encuentro para la nota, me enteré de que estaba en Montevideo. Respiré aliviada: podría conversar telefónicamente y eso evitaba la vergüenza que me generaría tenerlo cara a cara.

Hablé una vez, y otra vez, y otra vez. Estaba ocupado: me dijo que tenía que resolver una gestión. El hecho de escuchar su voz ya me puso nerviosa. En el cuarto intento, logré que me prestara unos minutos para conversar.

-Me gusta que estés en una gestión y no en un trámite o una palabra más detestable -arranqué, haciéndome la linda- Como para situarme, ¿qué estás haciendo?
-Ahora estoy tomando mate. Estoy en la casa del productor del disco, enfrente a la facultad de arquitectura, en la ciudad de Montevideo, en una terraza hermosa, con una tarde entrefresca. ¿Viste como para estar con una camperita? Bueno, así.

La charla había empezado bien y eso me había dado confianza. Tanta, que me armé el mate para imaginarme que lo compartíamos. Pero fui perdiendo seguridad a medida que sucedía el diálogo.

Intenté hacerle notar que lo seguía, dándole datos de shows viejos, o hablándole del barrio donde nació. “No pegás con Pocitos”, le tiré. Y le resultó simpático eso. Pero no logré sostener el ritmo y sentí que a medida que soltaba una pregunta, él pensaba que yo era una boluda.

Me fui pinchando, tomando mate sola del otro lado de la línea, en una redacción en pleno centro de Buenos Aires. La despedida fue fría, sin onda. “Te dejo disfrutar de la terraza”, fue mi última frase. El ya tenía ganas de cortar la comunicación.

Cuando le comenté esta anécdota a Claudio, un compañero que sabe mucho de estas cuestiones, identificó el síntoma enseguida.

-Es la glándula de la boludez -dictaminó, seguro.
-¿Eh?
-La glándula, Aye. La glándula de la boludez. Cuando a uno le gusta mucho alguien se le activa la glándula.

Este cuento de Roberto Fontanarrosa lo explica todo: Uno nunca sabe

lunes, 20 de mayo de 2013

ME VOY QUEDANDO

Hace tres semanas que no puedo parar de escuchar esta canción esté donde esté: la busco en mi casa, en el trabajo, la escucho en el auto o en la casa de alguna amiga y, además, la pienso. Es una preciosura.

Se trata de una canción que se titula “Me voy quedando” (así, con el gerundio), pero que implica todo lo contrario, cantada después de que el Cuchi perdiera la visión por un tiempo. Es una canción de un dolor de pasado y de una felicidad de presente, por lo que precisamente ocurrió en aquel pasado. Y, a la vez, remite al futuro: un juego de tiempos verbales.

¿Quién no estuvo alguna vez más triste que perro que perdió el dueño? El Cuchi tuvo la sabiduría de dejar testimonio de esa tristeza en el momento. El mismo explicó por qué: “Para después, como sucede ahora, me ponga sonriente sabiendo que no me quedé ciego, que puedo seguir viendo”.

Pensaba entonces en el hecho de afrontar algunas tristezas con entereza: hacerse cargo, asumir el dolor y atravesarlo entero, el tiempo que dure, para después sí, soltarlo. Pensaba en la necesidad de caminar este proceso para después mirar hacia atrás y decirle al dolor con una sonrisa: ah, mirá, ya pasaste, quedaste en el camino.

Y entonces, resignificarlo: hacer de aquel dolor un recuerdo por el que vale la pena pasar. Para saber que no nos vamos quedando nada, sino que nos vamos yendo.

La canción, acá.


P.D.: si algún alma amorosa siente el deseo de obsequiarme este disco, sepa que será muy bien retribuido. Lo estoy buscando y no lo consigo.

lunes, 13 de mayo de 2013

FELIZ CUMPLEAÑOS (Una carta de amor al Beto Mágico)

La primera vez que te vi fue en figuritas. Yo intentaba llenar el álbum del Torneo Apertura 1992 y me tocaste vos, en dos sobres consecutivos, con el pelo largo y la camiseta de Boca con la publicidad de Fiat.

Lo asumo, primero te miraba sin sentir ninguna atracción física. Me llamaba la atención tu manera de jugar. Eras mi ídolo, mi espejo en esos pensamientos de niña que soñaba ser futbolista: yo quería jugar como vos.

Y te tenía cerca, imaginariamente: un póster con tu imagen estaba pegado en la pared, arriba de mi cama. Eras mi Angel de la Guarda, el guardaespaldas de mis sueños, desde esa foto en la que te veía con la pelota dominada, cerquita del pie derecho, la mirada puesta en ella, el labio inferior hacia abajo, el pecho hacia afuera, siempre. Esa pose equina tan característica tuya, Beto.

Transformada en una seguidora, además de considerarte el mejor enganche del universo, empecé a interiorizarme sobre tu vida. Admiré, entonces, tu recorrido. De tu infancia en Barracas a tu foto en la Torre Eifel, por tu paso en el Toulouse, después de tu inicio exitoso en Ferro. De tu nacimiento en Corrientes porque tu papá era capitán de barco y viajaba mucho. De tu niñez con siete hermanos, todos en una misma pieza, y la cola que tenías que hacer para bañarte.

En la disputa Halcones y Palomas, yo era Halcón, como vos. Con mi hermano te pedíamos para la Selección. Claro, era un reclamo humilde, desde la habitación que compartíamos en la casa de nuestros padres, en Monte Grande, ahí donde gritábamos tus goles. El mismo sitio donde le juramos odio eterno a Bilardo, culpable de tu partida del club.

Te miré y entroné en Boca, te admiré también en tu posterior paso por Gimnasia La Plata. Y no me molestó el gol que le hiciste a Boca, el día que nos ganaron 6 a 0 y marcaste el quinto, de penal. Pero no lo gritaste porque sos hincha. Con vos también aprendí, Beto: aprendí que no se traiciona.

Además, supe algunos de tus sufrimientos. Y padecí con vos, a la distancia, la lesión en el talón de Aquiles que fue clave para que te inclinaras por el retiro del fútbol.

A esa altura, mi amor había mutado: se había vuelto más profundo. Yo había crecido. Ya te miraba como una mujer.

Lo confieso: te amé cuando te dejaste estar, Beto. Cuando dejaste de darle importancia a los entrenamientos y el cuidado del físico, y le diste rienda suelta al disfrute alimenticio. Una vez me contaron que tomaste siete helados durante una entrevista: te adoré más, incluso, desde entonces. Te quiero excedido de peso y todo.

Una vez te vi en Puerto Madero, pero no me animé a acercarme. El nerviosismo me corría por el cuerpo y la ansiedad me hizo un nudo en el estómago, así que decidí observarte a lo lejos: nunca me voy a olvidar del morocho perfecto de tu piel, el pantalón verde musgo y la chomba de piqué amarilla que te rodeaba la panza, te la ajustaba. Y unos poquitos rulos, controlados.

Por eso hoy, en el día de tu cumpleaños 53 y cuando noto que la diferencia de edad que hay entre nosotros podría no ser un obstáculo, me decido a escribirte estas líneas. Conmigo podés no trabajar: ni ser técnico, ni estar pendiente de tus negocios inmobiliarios. Yo voy a estar contenta con el solo hecho de tenerte en la mesita de luz.

¡Feliz cumple, Beto!

Un beso sincero, humilde y afectuoso,

Aye.

viernes, 3 de mayo de 2013

ODA A LA CUCHARITA

Entre dormida y despierta, me percato de que tengo tu boca entre mi pelo, tus brazos rodeándome y tus piernas enredadas entre las mías. Y las sábanas por ahí, los almohadones en el piso, el aire que se cuela por la ventana: los ojos que se me cierran, pero me percato.

Entonces giro y en el silencio de la noche –que se confunde con tu respiración fuerte, primero, con tus ronquidos suaves, después– me pierdo entre tu espalda.

El abrir y cerrar de mis ojos me aleja de la lucidez y el razonamiento. Mejor, todavía. Es como si esa suma de segundos que deben estar pasando rápidamente fueran una película que avanza cuadro por cuadro.

Tengo tu nuca delante de mi boca y tu pelo revuelto, y tu piel que me permite deslizarme. Y el mar, o la montaña, o el campo, o una hoja en blanco, o una melodía que no tiene letra, o un corazón que todavía no descubrió el amor. Tu espalda es eso que me hace sentir chiquita, ínfima. Como un puntito en una fotografía de un paisaje.

Sin embargo, está acá. Porque tu espalda es como todo eso, pero yo estoy ante ella, la tengo delante de mí. Ahora te rodeo yo, y te abrazo.

Los ojos que se me cierran y yo que me percato de que mañana quiero pensar y me quiero preguntar: ¿Y quién inventó la cucharita?

jueves, 25 de abril de 2013

DE DIEGUITOS Y BICICLETAS

Me interesa tratar de comprender por qué las personas nos amoldamos a los lugares donde vivimos, conocer cómo es el proceso que nos lleva a sentirnos parte del lugar que elegimos para llevar adelante nuestras actividades, ver por qué nos movemos con comodidad en un contexto geográfico determinado y no en otro.

Ya sé, a todo esto que digo, un tal Bourdieu lo llamó habitus.

Pero en vez de escribir sobre Bourdieu prefiero referirme a lo que pensaba el otro día cuando en una cena con Tami y Juli, con una tarta de zanahorias de por medio, analizaba por qué Maradona triunfó en Nápoles y no en Barcelona, por ejemplo. Por qué se hizo rey en una ciudad que es conocida por la mafia, por el crimen organizado, porque no es un lugar rico y porque se parece a Constitución.

¿Y dónde iba a triunfar Maradona acaso? En Nápoles: rodeado de un contexto que tenía algunas características similares a Villa Fiorito, su lugar de origen; en un equipo pobre que era la contracara de los poderosos. Diego -el mejor Diego- se eyectó desde ahí y no desde Mónaco, Londres o Madrid.

Las ciudades, las personas, los contextos. La posibilidad de poder decir: este es -ahora- mi lugar en el mundo. Acá me muevo, acá me quiero mover, acá soy yo porque este acá me permite sentirme cómodo.

Y este acá se puede construir.

Ayer me crucé a mi amigo Darío por segunda vez en tres días. La Ciudad de Buenos Aires suele ser cruel con los que no nacimos aquí. Ningún otro sitio de Argentina es tan abrumador como este. Y encontrarse con alguien por casualidad es una excepción.

Pero yo lo vi a Darío y paré a conversar con él. Dos veces. Las dos veces yo andaba en bicicleta.

Las ciudades, las personas, los contextos. Yo me siento cómoda acá desde que ando en bicicleta. De chica, la bici fue mi medio de transporte: con ella iba de mi casa a lo de mi abuela o a lo de mis tíos. Y después, a la escuela. Y después, a visitar a mis amigas. Hasta tuve dos novios que me regalaron bicicletas.

Me costó adaptarme a Buenos Aires, pero terminé de cerrar el proceso desde que ando en dos ruedas. Creo que al hacer acá aquello que hacía en Monte Grande logré terminar de formar parte. La construcción la había empezado al saludar a mis vecinos y conocer sus nombres, al pasar por el puesto del diariero y quedarme a conversar, al hablar con confianza con el mecánico de al lado: al conocer un poco a los que están cerca.

Es rara Buenos Aires: a veces uno no identifica a los vecinos del mismo edificio.

Pero yo lo vi a Darío cuando iba de mi trabajo a mi casa, y la vi a Nati cuando volvía en bici de un recital y ella estaba en la parada de colectivo, y los vi a Mariano y a Martín, que también estaban en otra parada esperando otro colectivo. Los vi y paré y charlamos. Y después seguí, en la bici, comprendiendo por qué me muevo cómo me muevo en el lugar en el que vivo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Y TODO PARA ESCRIBIR SOBRE EL GORDO MAZA


Yo no le había prestado atención a mis manos hasta que un día las miré y me di cuenta de que no me gustaban. Entonces comencé a observarlas. Ahora, son otras: el acto mágico de mutación que se da cuando uno repara en eso a lo que no le había prestado atención. Mirar las manos con otros ojos para tener otras manos.

En las manos está la edad. A medida que pasa el tiempo yo veo mis manos más arrugadas. Empecé a cuidarlas: a darle forma a las uñas, a ponerme crema a diario, a pintarme. Y entonces pensé -pienso- en las manos. En el cuidado de las manos como metáfora de la vida.

Pienso en las manos como oposición a los pies: las manos que son lindas -o pueden serlo, las manos con proyección-; los pies siempre feos, raros.

Las manos como cuestión hereditaria que puede modificarse: mi abuela tenía manos de hombre -tenía también un trabajo de hombre-, mi madre no se preocupa por sus manos -no se cuida las manos- y yo creo haber roto con esta cadena -o lo intento, lo juro-.

Las manos como parte del cuerpo a la que se le puede poner onda: manos con anillos, con tatuajes, con colores.

Y el bajón: manos a las que le faltan dedos, manos con dedos que deberían ser más cortos que los otros -y sin embargo, no. Manos con dedos sin uñas porque las uñas de los dedos de las manos terminan en otro lado: las manos como síntoma de los estados de ánimo.

Las venas de las manos, las rayas de las manos, los lunares de las manos, las berrugas de las manos, los nudillos de las manos.

Las manos masculinas en cuerpos femeninos y viceversa. Las manos como metáfora de la justicia: aquel que tiene las manos limpias.

Las manos como objeto de placer y también generador de. Las manos como símbolo de situación social, las manos de clase: las que se hacen las manos, y las que no.

Las manos como resignificación. El Gordo Daniel Maza, un hombre con manos que no son bellas, pero sin embargo, sí: la música que hace con ellas.

martes, 2 de abril de 2013

AMELIE

Odio la desilusión porque me duele como una astilla que se te clava en el pie y no te la podés sacar: y se queda ahí, durante días, y quizás se te infecta y entonces el malestar se vuelve constante. Odio la desilusión que te cierra el pecho, que no te deja dormir, que te parte el alma, que te hace sentir que si hoy, ya mismo, murieras, no le podrías donar el corazón a nadie porque le cagarías la vida.

Y ya tengo unos cuantos años, con lo cual me desilusioné algunas veces.

Resulta que tuve una desilusión fuerte hace unos meses cuando me robaron mi bicicleta. No voy a ponerme a discutir con nadie acerca de los objetos en los que uno deposita afecto. No me importa. Yo a mi bici la quería. Y mucho.

De un tiempo a esta parte elaboré la teoría de que a una desilusión le sigue una ilusión. Y me baso en experiencias empíricas para sostenerlo, eh. Claro, muchos se preguntarán eso a lo que todavía no le encontré respuesta: ¿para que haya una ilusión tiene que haber necesariamente una desilusión? ¿Existe una sin la otra? En fin. Un interrogante más de la existencia humana.

Cuestión que yo perdí a mi bici. Pero un día fui a lo de un amigo y le comenté el duelo que estaba haciendo. Leo es mi amigo que podría ser mi ángel de la guarda: me llevó al garage de la casa de su mamá, me señaló una bici de mujer y me dijo: “Llevala. La vas a tener que arreglar, eso sí. Es tuya”. Fue un momento de mucha felicidad. Tenía otra bici, más humilde, más viejita, pero linda igual.

Después, otro día, la llevé a la bicicletería. Fui apurada, así que indiqué los arreglos que quería y me fui rápido. El problema surgió cuando volví a buscarla. Ahí me encontré con Amelie.

Amelie es una bici que sacó una conocida marca en esta movida marketinera y snob que hay alrededor de este vehículo. Una bici de diseño. Y se llama así porque era la que usaba la protagonista de la película del mismo nombre. Me enamoré a primera vista.

Ya la conocía por fotos, pero tenerla ahí, de frente, con ese color cremita y el canasto y el asiento en marrón, tan bien combinado todo, me rompió los esquemas. Desde ese momento, me compré un problema. Es re triste: me siento como si saliera con un tipo muy grande y de golpe me enamorara de un pendejo. Estoy culposa. Me mata usar la que me regalaron sintiendo que deseo a Amelie. Para colmo, cada día que pasa le encuentro a mi bici un problema nuevo. Siempre pienso que quiero tener la otra. Y ya vi la película dos veces en este último tiempo.

Así que acá estoy, desilusionada otra vez, pero esperando que la rueda siga girando y algo me renueve la esperanza.

lunes, 25 de marzo de 2013

EL AMOR

Perdón por la cursilería, pero quería tener esta aparición breve para decir que la vida es más linda con amor. Y que el amor es una cena entre amigas en el patio de un bar cualquiera, que después viaja a un lugar donde hay gente copada y música, que después se corre a un viaje en auto bajo la lluvia y una charla hermosa: una conversación profunda, de una conexión absoluta, que termina con las gracias de ambos lados. Con las gracias por la escucha, gracias por compartir, gracias por esta cena, esta fiesta y estas palabras. Gracias.

El amor es escuchar la canción “Oh my love, my love”, desbordar de ternura y felicidad, aplaudir a Kevin Johansen y a la linda de Andrea Echeverri, y después cenar y reírse y contar anécdotas de amores: amores platónicos, amores breves, amores entre signos de interrogación (¿amores?), amores con futuro y (des) amores.

Y tantas otras cosas, ¿no? Una marcha con gente que resignifica un momento histórico y toca y baila, encontrarse con amigos para perderse, pero para volver a encontrarse (sobre todo para volver a encontrarse), tomar una Levité de naranja y comer unas papitas en la puerta de un supermercado chino, en una calle casi desierta, y recibir un mensaje de texto con faltas de ortografía: “Como estas mi negra cuando venis te estraño”.

El amor es jugar a la lotería y armar una sesión de fotos improvisada con las nenas más lindas del mundo. Unas milanesas napolitanas con papas a la crema. O más baile y más toque en otra calle, repleta, un viaje en subte y más risas, y más mensajes de texto que se vuelven otra cosa: un bar, unas bebidas, unas pizzas, y un brindis. Un brindis y otro, y otro más: y todo con amor.

jueves, 28 de febrero de 2013

ODA A LA SIESTA

Escribo estas líneas con los ojos achinados, los rulos que arman un despeinado bastante prolijo y una raya que me recorre el cachete: es la marca que me quedó después de estas dos horas y media de siesta que acabo de dormir.

Respeto sobremanera a la gente que descansa por las tardes, que se hace el hueco para disfrutar de un instante de felicidad, que elige detener el tiempo de su cotidianidad para enterrarse en la almohada. Para mí, la siesta es placer absoluto. Y aquellos que la practican al menos una vez por semana -sépanlo, entérense ahora- son mis amigos.

Por supuesto, cada uno elige la clase de siesta que prefiere. Están los que se sienten satisfechos con una siesta breve, los que se conforman con tirarse en el sillón y dormir unos minutos con lo que lleven puesto, y estamos los que armamos una siesta como si preparáramos una comida rica en nuestra casa para la persona que nos gusta mucho.

Es así: apagamos los teléfonos, construímos un ambiente cálido, generamos un contexto que nos resulte reconfortante, nos ponemos el piyama, corremos la cortina para que entre poca luz y nos acurrucamos un poco en la cama pensando cosas lindas hasta que el sueño se apodere de nosotros. Y abrimos los ojos cuando nuestro cuerpo lo desee.

En serio, probalo. Una vez que esto ocurra, sentirás que la vida tiene sentido.

Es así, un momento mágico en el que no hay nada más importante que vos: vos y tu siesta.

Te lo digo yo, ahora, hoy, un lunes cualquiera, en el día de mi siesta y con la raya del cachete que va desapareciendo.